El origen de Alfanhuí
Es una especie de cuento de ciencia-ficción que escribió hace ya como medio
siglo un primo mío, y como por entonces nos veíamos casi a diario lo
llevé varias veces a casa para que les leyese a mis padres algunos capítulos, y
como quiera que se habían divertido mucho con aquellas lecturas, cuando lo
terminó, tras habernos puesto de acuerdo con el dueño de una imprenta, Severiano
Carmona, al que yo había conocido a través de Ignacio Aldecoa, para que nos
hiciese un presupuesto, que salió a 13.000 pesetas de entonces para una tirada
de 1.500 ejemplares, nos presentamos ni cortos ni perezosos ante mi madre,
pidiéndole que lo financiara. No se hizo de rogar, sino que accedió al instante
encantada. Y así salió el libro. No me entretendré en las dificultades con las
que se enfrentó para la distribución, que, como era de esperar, fue muy
precaria, aparte de que entonces no se estilaban lanzamientos ni presentaciones,
pero a eso puse yo remedio, acudiendo a literatos prestigiosos que yo había
conocido por mi padre: entre ellos Pedro de Lorenzo y sobre todo Camilo José
Cela, que fue extraordinariamente generoso, entregándose del todo en una crítica
que fue decisiva para el libro, y que mi primo, aunque era muy tímido, quiso ir
a agradecerle personalmente.
Después mi primo y yo nos fuimos distanciando, no por ningún disgusto, sino
porque yo me dediqué a otras cuestiones y estudios muy apartados de la
literatura. Cuando se murió, como cosa de unos 10 años más tarde, me dejó
heredero de los derechos de su obra; por eso, podría parecer una ingratitud el
que yo ahora la critique, pero no lo es, porque él habría entendido
perfectamente que las cosas en las que yo me iba adentrando pedían una manera de
escribir muy diferente, mucho más morosa, reflexiva y pesada que aquella prosa
sencilla, ligera y un poco como «revoloteante» de su cuento de ciencia-ficción,
del que, sin embargo, puedo salvar todavía el ingenio de ciertas ocurrencias y
hasta la felicidad de algunos hallazgos de invención, como, por poner el ejemplo
más afortunado, el de la flauta de notas de silencio, que el robusto mendigo
barbudo tocaba en medio del estruendo de las grandes tormentas, entre truenos y
aguaceros, con lo que, como allí se dice, «nunca tenía miedo de nada».