TEXTOS
De la paciencia
Hay quien afirma, muy convencido, que las cosas de este mundo van ahora peor que
nunca. ¿Peor que nunca? Notemos que el mismo que dice esto afirma también que
dentro de poco irá todo mejor que nunca. Son cosas que decimos los jóvenes:
nuestro entusiasmo nos lleva a creer que vivimos en la época más importante de
la historia del mundo. Por eso nos lanzamos a la calle de golpe y nos damos a un
trabajo inútil, atropellado, exterior a nosotros mismos, y nos dedicamos a
buscar con estúpida vanidad el heroísmo. Y todo lo que decimos está lleno de una
mística retórica, absurda, mientras nuestra alma y nuestro cuerpo siguen sin
hacer nada más que zarandearse de acá para allá locamente.
Y es que anda muy escasa la virtud de la Paciencia. Entendamos por paciencia, no
sólo una virtud que en ocasiones de la vida cotidiana nos hace resistir las
pequeñas molestias, sino más bien una actitud total y armónica ante la vida que
nos hace acomodar nuestros impulsos y nuestros deseos a la monotonía del tiempo
(a esa monotonía riquísima, madre de toda virtud y de todo buen pensamiento que
nos parece tan prosaica). Sencillamente: la Paciencia es el arte de no coger la
pera antes de tiempo y de saber cultivarla.
Todo eso que, a primera vista, parece preparación religiosa, no es más que
juventud: juventud fisiológica, la que pasa con el tiempo. Y no es que la
juventud sea un mal principio, pero no es más que el primer principio. Hay que
educarla. No hemos de dejar que se quemen sus ardores en salvas inútiles. Quizá
alguien se escandalice si digo que hay que matar su primer impulso de
impaciencia, de deseos de heroísmo, de fanatismo y hasta de ira, que algunos han
dado en llamar «santa ira», como si un pecado capital pudiera ser santo (la ira
es una pasión tal que, el que la tiene, pierde conciencia de lo que hace; un
acto inconsciente es un acto animal: por tanto, o no es santa o no es ira).
Por tanto, conviene que tengamos Paciencia para acostumbrar a nuestro cuerpo,
completamente corrompido por las comodidades de nuestro tiempo, a una ascética,
si no fuerte, a lo menos ordenada, metódica e intransigente.
Paciencia, para acostumbrarnos a la tranquilidad y al silencio; para alejarnos
de la máquina de emociones que es la vida actual. No estamos nunca con nosotros
mismos, siempre en la calle, con la cabeza llena de colores, de gritos, de
impresiones, que nos quitan la serenidad para pensar y nos cubren la realidad de
apariencias para que no podamos conocerla fríamente.
Tengamos el convencimiento de que lo que debemos de hacer nos lo dice siempre
antes la razón que los afectos. Acostumbramos a imaginar, no a pensar; a sentir,
no a querer. Imaginamos como Don Quijote. Estamos enfermos: necesitamos
emociones. Por eso nos entusiasma el gesto retórico, apariencial; la postura, el
estilo, en fin, lo que nos parece bello nos importa más que el fondo de las
cosas. O creemos que aquello es el fondo de ellas, a veces, en realidad, duro y
prosaico. Admiramos al personaje genial, al héroe huidizo de una ocasión
histórica, y no comprendemos al ser anónimo de todos los tiempos, infinitamente
pacientes, que labró la tierra. Y no imitamos a éste; queremos imitar a aquél, y
no se le puede imitar porque es un ser ocasional y único, y así nos salen esos
aspavientos ridículos, grotescos y desproporcionados con la cosa que queremos
hacer. También queremos sentir; ser protagonistas de algo en una estúpida
soberbia romántica. San Agustín en un capítulo de las Confesiones, dice cómo a
él le satisfacía en el teatro lo que él llama el falso dolor; la satisfacción de
esa necesidad de sentir, el más morboso de los placeres que tiene todo hombre de
una época decadente. Nosotros también. Y desdeñamos el dolor verdadero, el dolor
racional y fundado en una renuncia real.
Somos cobardes, enormemente cobardes; no queremos el sacrificio auténtico, la
realidad fría, prosaica; sólo queremos fantansías, teatro. Vamos a buscar el
dolor de verdad, la renuncia a nuestras vanidades, nuestros entusiasmos, nuestro
deseo de brillar antes de tiempo, sin trabajo. El dolor de verdad en la
mortificación de nuestro cuerpo sin hacer caso de fervores pasajeros. Cuando
hayamos tenido este dolor podremos meditar la Pasión de Nuestro Señor
Jesucristo, que hace tiempo que estamos jugando con ella por querer llegar a la
mística sin pasar por la ascética; al heroísmo sin pasar por la paciencia.
Y Paciencia también para seguir el camino pequeño, poco brillante, del trabajo
honrado y verdadero. Ya vendrá Dios a llamarnos si nos cree aptos para lumbreras
del mundo; es hasta pretencioso y vano creernos a nosotros mismos elegidos para
tales menesteres. ¿O es que pensamos que por estar en un lugar muy alto nos van
a oír las gentes? Es Dios quien abre los oídos de los hombres. Y si no lo
merecemos por nuestra virtud y por nuestra sabiduría (aunque sólo aquélla es
indispensable), no seremos oídos. ¡Ya estamos hartos de dar tanta importancia a
la propaganda y a los medios humanos! ¡Es Dios y sólo Dios quien hace las cosas!
Seamos humildes y trabajemos en lo pequeño como el Carpintero de Nazaret. ¿No
estuvo treinta años enseñándonos la Paciencia, la Humildad y cómo habíamos de
prepararnos para la muerte? ¿O es que hemos olvidado ya todo eso?
Y no perderemos el tiempo, porque la sangre sin el sudor es casi estéril, digan
lo que digan las retóricas baratas. El martirio puede por sí solo justificar una
vida, ¡y tanto!; pero en este caso aprovecha casi sólo al mártir. El martirio no
hace la vida, la completa. No se puede perder ésta buscándolo como única cosa
que ofrecer a Dios. Desear morir es casi un egoísmo cuando aún no se ha dado
nada. El martirio lo manda Dios cuando quiere: pero el camino normal es el de la
Paciencia, que hará valer la vida, tanto o más que el martirio mismo.
Y cuando estemos respaldados por una formación ascética dura y una conducta
ejemplar; cuando ya no seamos señoritos con fantasías heroicas; cuando tengamos
una virtud y un criterio perennes, fuera de las circunstancias del tiempo:
cuando no sintamos la belleza, sino que queramos la verdad; cuando no queramos
ser nosotros, sino que Dios sea, entonces estaremos libres de todo prosaísmo,
libres del fracaso de Don Quijote. Que lo más bello no es lo mejor, sino que lo
mejor es lo más bello. Entonces se nos habrá olvidado eso de que nuestro momento
es el más decisivo de la historia del mundo. ¡Maldita fantasía juvenil!
¡Quién sabe cuántas vueltas dará todavía el mundo con el mismo monótono,
aburrido y maravilloso compás sin dejar de dar, por eso, gloria a Dios en cada
momento!
Rafael
Sánchez Ferlosio
Alfanhuí (fragmento)
" El otro lado de las cosas: el campo ardiente; las lomas sucesivas como lomos
de animales cansados, la rueda de buitres amenazante; la sombra paulatina; la
parda, esquiva y felina oscuridad que lo sume todo en acecho de alimañas, con
sigilo de zarpas, de garras y de dientes escondidos, en una noche olfativa,
voraz y sanguinaria que toma el relevo de la tortura implacable del sol, que
aplasta la tierra como un pie gigantesco, que ciega la mirada con su luz
ultrametálica, y que hiere el suelo en saetas de polvo encendido. "
Rafael
Sánchez Ferlosio
El Jarama (fragmento)
" El sol arriba se embebía en las copas de los árboles trasluciendo un follaje
multiverde. Guiñaba de ultrametálicos destellos en las rendijas de las hojas y
hería diagonalmente el ámbito del seto, en saetas de polvo encendido, que
tocaban el suelo y entrelucían en la sombra, como escamas de luz. Moteaba de
redondos lunares, monedas de oro, las espaldas de Alici y de Meli, la camisa de
Miguel y andaba rebrillando por el centro del corro en los vidrios, los
cubiertos de alpaca, el aluminio de las tarteras, la cacerola roja, la jarra de
sangría, todo allí encima de blancas, cuadrazules servilletas extendidas sobre
el polvo. "
Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado
Extracto de libro “Mientras no cambien los
dioses, nada ha cambiado” (Alianza Editorial, 1986; 143 páginas).
IV. La creciente deportivización de las motivaciones que hoy dominan en todo
empeño humano, o sea la reversión sobre el interés por el sujeto de muchas cosas
en que antaño pudo predominar el interés por el objeto, se manifiesta en el
habla cotidiana con el auge que han tomado en los últimos decenios las palabras
"reto" o "desafío". Los hombres de hoy parece que sienten los obstáculos con que
se encuentran --pongamos por caso un río que se le atraviesa al amante en el
camino que conduce al castillo de la amada-- no ya como problemas que tendrán
que resolver o soslayar de alguna forma si es que pretenden dar alcance al
objeto final de su designio --la amada, en nuestro ejemplo--, sino como
provocaciones a su autoestimación, incitaciones a poner a prueba el Yo, para
dejarlo, superando el lance, crecido y reafirmado. Ve el río y no dice:
"Caramba, si hubiese por
aquí alguna barquita, sería todo más fácil y más
rápido", sino que recreciéndose en su enyosamiento se trasmuta de Leandro en
Narciso, ahogando y olvidando en amor propio el amor y el deseo de la amada y,
empezando en el acto a descalzarse y desnudarse, se dispone a demostrarse a sí
mismo, al río y al mundo quién es él. El fin y el contenido de cruzar a nado el
río ya no es llegar hasta la amada sino condecorarse a sí mismo con la hazaña.
No otra cosa entraña la concepción de los problemas en término de reto o
desafío. El trasbordador espacial que a primeros de año fue, con sus siete
tripulantes, víctima del accidente que todos conocemos había sido bautizado con
el nombre de Challenger, que significa justamente "retador", "desafiador"; así
que la concepción subjetivista, deportiva, de la empresa estaba ya connotada en
el nombre mismo de la nave.